¿Llegará algún cartero a entregarte un sobre con un mensaje que lo informe? ¿Sonará alguna campana avisándonos que se acabó? ¿Cuándo nos avisarán que ya no nos luce la faldita corta, la blusita descotada, el pelo divino? ¿Lo sabremos como cuando vemos cumplir esa cosa que nos dijeron cuando nos leyeron las cartas?
No nos dijeron nunca que ese día llegaría en el que nos preguntaríamos tantas pendejadas como si en algún momento luciríamos patéticos o perdidos en ese espacio que nos ganan los que están exactamente donde estuvimos hace unos años... Nadie nos advirtió que seríamos desplazados como nosotros lo hicimos con otros sin ninguna consideración, con toda la frialdad e indiferencia posibles.
Es natural cuando uno es niño querer ser grande... y siendo adolescente, soñar con el momento en que te den la Cédula que te haga pasar al mundo de los adultos y al final las cosas van pasando y no nos damos cuenta. A cierta edad siempre se cree que cuando uno crezca tendrá la actitud adecuada para cada momento de la vida. Se imaginaba internamente preparado para ello, con todo las dinámicas arregladitas para vivir la vida como corresponde.
En ninguna parte encontraríamos ese aviso que nos advirtiera lo confuso y triste que sería encontrarse con el mismo espíritu, con las mismas dudas, dentro de un cuerpo que va involucionando hacia un triste, inevitable y penoso desgaste y dentro de el, un alma intacta de ganas. Esta situación no estaba estipulada mientras corríamos con una prisa voraz hacia ganar más años, mientras nos lanzábamos a un éxtasis profundo por el tobogán de la vida.
Entonces es aquí cuando queremos agarrarnos con toda costa del argumento de que "la edad es mental" y debemos mantener el espíritu joven, y comenzamos a luchar por mantener un espacio junto a unos cuantos, que al igual que uno, insistimos en resistir. Pero con un legítimo derecho, el cuerpo va avisándonos que ya no va pudiendo con ciertos ritmos, con ciertas cosas.
Y es ahí, junto con la ineludible presencia de los más jóvenes, cuando uno entiende que a uno nadie le enseña a envejecer. Que es una condenable tarea que tenemos que aprender solos. Que hay que irse repasando y conociendo cada 10 años, y adaptarse a ese que uno va siendo con el tiempo. Que tenemos que admitir nuestras manías cada vez más marcadas, nuestros achaques, nuestras renuncias y procurar con todas las fuerzas, reinventarse una nueva forma de estar bien y plenos, ajustarse a lo que hay, a lo que la inconcebible ley de la vida nos va dejando.
Quizá el mensaje nos llegue a la cabeza algún día y que con profunda tristeza lo sepamos como una profecía cumplida, mientras vamos sacando las falditas cortas del closet, regalandolas a alguna sobrinita que las lucirá como una vez lo hicimos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario